La frustración es una emoción inherente a la experiencia humana y cumple un rol fundamental en el desarrollo psicológico. En la infancia, aprender a tolerar y gestionar la frustración constituye un proceso central para la construcción de la regulación emocional, la autonomía y las habilidades sociales. Sin embargo, este aprendizaje no es inmediato ni espontáneo, sino que se desarrolla progresivamente a través de la experiencia y del acompañamiento de los adultos significativos.

Desde la psicología infantil, se comprende que las dificultades para manejar la frustración no deben interpretarse como un problema en sí mismo, sino como una señal de que el niño aún se encuentra en proceso de adquirir herramientas emocionales adecuadas para enfrentar las limitaciones y contratiempos de la vida cotidiana.

La frustración como experiencia evolutiva

Durante la infancia, el deseo y la necesidad suelen aparecer antes que la capacidad de esperar, negociar o postergar la gratificación. Esta brecha entre lo que el niño quiere y lo que el entorno puede ofrecer genera experiencias de frustración que resultan inevitables y necesarias para el desarrollo emocional.

En las primeras etapas del desarrollo, el sistema nervioso aún no cuenta con los recursos suficientes para regular emociones intensas, por lo que la frustración puede manifestarse a través de llanto, rabietas, conductas impulsivas o dificultad para tolerar límites. Estas respuestas deben entenderse como expresiones de inmadurez emocional, y no como conductas intencionales o desafiantes.

Desarrollo de la tolerancia a la frustración

La tolerancia a la frustración se construye de manera gradual a medida que el niño desarrolla capacidades cognitivas y emocionales más complejas. Factores como el lenguaje, la capacidad de anticipación, la flexibilidad cognitiva y la internalización de normas sociales influyen directamente en este proceso.

El aprendizaje de la gestión de la frustración implica reconocer la emoción, comprender su origen y encontrar formas adecuadas de expresarla y regularla. Este proceso se ve facilitado cuando el entorno ofrece experiencias de límite acompañadas de contención emocional, permitiendo que el niño experimente el malestar sin quedar desbordado por él.

El rol del adulto en la regulación emocional

Desde una perspectiva psicológica, los adultos cumplen una función reguladora esencial en la gestión de la frustración infantil. Inicialmente, el niño necesita que el adulto le preste su capacidad de regulación, ayudándolo a calmarse, poner en palabras lo que siente y encontrar alternativas frente a la imposibilidad de satisfacer un deseo inmediato.

Validar la emoción sin ceder necesariamente a la demanda es una estrategia clave. Reconocer el enojo o la tristeza del niño (“entiendo que te frustra no poder hacerlo ahora”) le permite sentirse comprendido, al mismo tiempo que se sostienen límites claros y consistentes. Esta combinación favorece el desarrollo de la autorregulación y reduce la intensidad de las reacciones emocionales.

Estrategias para favorecer una gestión saludable de la frustración

Desde la psicología infantil, se destacan algunas estrategias que contribuyen al desarrollo de una adecuada tolerancia a la frustración:

  • Ofrecer límites claros y previsibles, que permitan al niño comprender las normas del entorno.
  • Fomentar la espera y la postergación, de manera progresiva y acorde a la edad.
  • Nombrar las emociones, ayudando al niño a identificar lo que siente.
  • Modelar estrategias de afrontamiento, mostrando cómo los adultos manejan sus propias frustraciones.
  • Reforzar los logros emocionales, reconociendo los intentos del niño por regularse, más allá del resultado.

Estas prácticas no eliminan la frustración, pero permiten que el niño adquiera recursos internos para enfrentarla de forma adaptativa.

 

Referencias 

  • American Psychiatric Association. (2022). DSM-5-TR: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5ª ed. texto revisado). APA Publishing.
  • Eisenberg, N., Spinrad, T. L., & Eggum, N. D. (2010). Emotion-related self-regulation and its relation to children’s maladjustment. Annual Review of Clinical Psychology, 6, 495–525.
  • Organización Mundial de la Salud. (2020). Salud mental del niño y del adolescente. OMS.
  • Siegel, D. J., & Bryson, T. P. (2012). The whole-brain child. Bantam Books.
  • Thompson, R. A. (2014). Stress and child development. The Future of Children, 24(1), 41–59.