El conflicto es una experiencia inherente a las relaciones humanas y, lejos de ser un indicador de disfunción, constituye una oportunidad para el crecimiento personal y relacional cuando se gestiona de forma adecuada. Desde la psicología, el conflicto se entiende como una situación en la que existen necesidades, intereses o interpretaciones divergentes, cuya resolución depende en gran medida de la regulación emocional y de los patrones de interacción establecidos.
La forma en que se afrontan los conflictos tiene un impacto directo en el bienestar psicológico, la calidad de los vínculos y la estabilidad de las relaciones interpersonales.
La dimensión emocional del conflicto
Todo conflicto activa una respuesta emocional. Emociones como la ira, el miedo, la frustración o la tristeza cumplen una función adaptativa al señalar amenazas, límites vulnerados o necesidades no satisfechas. Sin embargo, cuando estas emociones no se regulan adecuadamente, pueden intensificar la reactividad y dificultar el procesamiento cognitivo de la situación (Gross, 1998).
Desde el modelo de regulación emocional, se distingue entre estrategias adaptativas —como la reevaluación cognitiva— y estrategias desadaptativas —como la supresión emocional—, siendo estas últimas predictoras de mayor malestar psicológico y conflictos interpersonales persistentes.
Escalada y ciclos disfuncionales de interacción
En contextos relacionales, los conflictos suelen mantenerse a través de ciclos de retroalimentación negativa, donde las respuestas emocionales de un miembro activan conductas defensivas en el otro. La teoría sistémica describe estos patrones como secuencias circulares, en las que cada conducta es a la vez causa y consecuencia del comportamiento del otro (Minuchin, 1974).
La escalada del conflicto se ve favorecida por interpretaciones cognitivas rígidas, sesgos de atribución y una alta activación fisiológica, que reduce la capacidad de empatía y de resolución colaborativa.
Resolución emocional versus resolución instrumental
No todo conflicto requiere una solución práctica inmediata. Desde la psicología relacional, se diferencia entre resolución instrumental (centrada en el problema) y resolución emocional (centrada en la experiencia afectiva). Muchas dificultades persisten porque se intenta resolver el contenido del conflicto sin atender a las emociones subyacentes.
La resolución emocional implica el reconocimiento, validación y expresión adecuada de las emociones implicadas, favoreciendo la reparación del vínculo y la restauración de la seguridad relacional (Johnson, 2019).
Estrategias psicológicas para la resolución emocional
La evidencia empírica destaca varias estrategias clave para una resolución emocional efectiva:
- Conciencia emocional, entendida como la capacidad de identificar y nombrar las propias emociones.
- Autorregulación, que permite reducir la activación fisiológica antes de abordar el conflicto.
- Comunicación asertiva, centrada en la expresión de necesidades y límites sin agresividad.
- Empatía cognitiva y emocional, que facilita la comprensión de la perspectiva del otro.
Estas habilidades no son innatas, sino aprendidas, y pueden desarrollarse a través de intervenciones psicológicas estructuradas.
Referencias
Gross, J. J. (1998). The emerging field of emotion regulation. Review of General Psychology, 2(3), 271–299.
Johnson, S. (2019). Attachment theory in practice: Emotionally focused therapy (EFT) with individuals, couples, and families. Guilford Press.
Lebow, J., Chambers, A., Christensen, A., & Johnson, S. (2012). Research on the treatment of couple distress. Journal of Marital and Family Therapy, 38(1), 145–168.
Linehan, M. M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. Guilford Press.
Minuchin, S. (1974). Families and family therapy. Harvard University Press.